Alto voltaje y sobrevivencia
Abril 22, 2026
Foto: Christie Goodwin
La primera vez que los tuve de frente fue en 2009, bajo el brazo de Black Ice. Casi diecisiete años después, la vida -o lo que queda de ella- me arrastró de nuevo al mismo estadio para comprobar si Angus Young y Brian Johnson seguían siendo humanos… o si nosotros éramos los que ya no lo éramos (¿acaso esto tiene sentido?).
Las condiciones, por supuesto, eran otras. Aquella vez me destruí el esófago con un destilado de cereza barato que un amigo tuvo a bien llevar. Esta vez, la dignidad venía embotellada en un Jack Daniel’s. Progreso.
Me lancé en un tour desde San Luis Potosí. En el punto de reunión, alrededor de diez autobuses rugían listos para el mismo matadero. El viaje fue extrañamente rápido, un milagro considerando que la carretera 57 es la verdadera Highway to Hell: un cementerio de asfalto y contratiempos que, por una vez, decidió no cobrarnos factura.
A las tres de la tarde ya estábamos fuera del Estadio GNP, listos para el regreso de AC/DC: mercancía (original para el ego, pirata para el bolsillo), algo de comida y la espera. Entonces el cielo se partió. Una tromba nos obligó a refugiarnos como animales. Una hora de furia que dejó el ambiente cargado, eléctrico, como si la noche ya estuviera advertida.
Ahí apareció Montes Thrasht, hermano de mil batallas y ni una sola derrota. Decidimos rendir tributo a Bon Scott como corresponde: el Jack desapareció en instantes y un par de gomitas con “sabor raro” empezaron a hacer lo suyo en el sistema nervioso.
Y entonces, el pánico.
Demasiado tarde entendí que mi pila portátil se había quedado en el autobús, bajo llave. Mi celular exhalaba sus últimos suspiros justo cuando la app de Ticketmaster era mi única entrada al paraíso. Con un 1% agónico crucé el primer filtro. Corrí al segundo. En el instante exacto del escaneo, la pantalla se fue a negro.
El vacío.
Entré en una paranoia inmediata. Conozco mi iPhone 13: su entrada lightning tiene un falso contacto tan caprichoso como una estrella de rock. Montes intentó rescatarme, desapareciendo entre la multitud en busca de un cargador. No lo volví a ver.
Tres power banks ajenas después, el aparato resucitó lo suficiente para que me dejaran pasar. Me perdí a The Pretty Reckless, pero seamos honestos: poco me importa la música de Cindy Lou, no vine por ellos. El teléfono volvió a morir y yo no tenía idea de dónde demonios era mi lugar.
Al final, la piedad de algún guardia -o de los dioses del metal- me dejó quedarme al costado derecho del escenario, a nivel de cancha, pegado a la estructura donde empiezan las gradas. No, no era mi lugar. Era mejor.
Cuando las pantallas mostraron un coche V8 clásico y tronaron los primeros acordes de “If You Want Blood (You’ve Got It)”, la tacha decidió que era momento de explotar. No sé si fue la química, la euforia o el magnetismo de Angus, pero el descontrol fue absoluto. Cada riff me recorría la columna como una descarga.
Después leería críticas estúpidas comparando al público mexicano con el resto de Latinoamérica, diciendo que grabamos en lugar de vivir el momento. Yo no tenía batería. No tenía pantalla. No tenía escapatoria. Lo viví como se supone que se vive: sin filtro, sin archivo, sin pruebas. Y sí, odio a los que graban todo el concierto… pero esa noche entendí que el problema no son ellos. Es creer que puedes llevarte algo de esto intacto.
No voy a enlistar canciones. El setlist ya lo sabes o puedes buscarlo. Sabía cómo terminaba esto: “T.N.T.” y “For Those About To Rock”. Pero también estaba al tanto de algo más importante: si me quedaba hasta el último cañonazo, no salía entero.
Así que en cuanto Brian soltó “We roll tonight to the guitar bite”, tomé una decisión poco romántica pero profundamente humana: sobrevivir.
El autobús estaba al extremo opuesto de la puerta 15 de las inmediaciones del estadio. En ese momento, se sentía en otro país.
Caminaba inclinado, sin equilibrio, sin referencia. Me obligué a tomar el control de mi propio cuerpo y detuve un bicitaxi. “¡Puerta 15!”, escupí. El tipo pedaleó como si también quisiera salir vivo de ahí. Un minuto de trayecto. Cien pesos. Probablemente la mejor inversión de toda la noche.
Charcos, luces, ruido a la distancia. Levanté la vista y ahí estaba el autobús. Del otro lado, fuegos artificiales, señal de que el concierto había acabado.
De Montes supe después. El caos nos escupió en direcciones distintas y terminó en otra zona del estadio, lejos de donde se suponía que debíamos estar. Disfrutó el concierto como se disfrutan estas cosas: al límite, sin medida, hasta que el cuerpo dijo basta y la conciencia se le apagó por momentos. Aun así, como buen veterano de guerra, encontró la forma de recomponerse, seguir la inercia de la multitud y volver a casa. Maltrecho, desorientado, pero completo. Vivo, que es lo único que realmente importa en noches como esta.
El encargado del tour me preguntó cómo me había ido. No respondí. Lo empujé suavemente, avancé hasta mi asiento. Conecté mi celular. Este encendió y yo me apagué.
Desperté con el sol golpeándome la cara a través del cristal. Mi ciudad. Mi realidad. Pedí un Uber, llegué a casa y me metí a la ducha.
No había resaca. Sólo ese zumbido bendito en los oídos. Ese recordatorio de que algo dentro de mí seguía vibrando… aunque no supiera exactamente qué.
Me vestí y me fui a trabajar.
Como si nada.
Como si unas horas antes no hubiera estado al borde del colapso, sostenido únicamente por electricidad, alcohol y ruido.
El rock and roll no es música. Es una prueba de resistencia.
Y esta vez, de nueva cuenta, salí caminando.
For those about to rock, we salute you!