Pentagram, su último día en el Infernum

Septiembre 09, 2026

Hay algo que uno aprende viendo el documental Last Days Here. La leyenda Bobby Liebling nunca ha necesitado que las cosas salgan bien para que una historia se vuelva memorable. Quizá por eso, cuando aquella noche apareció en San Luis Potosí acompañado de un tanque de oxígeno, no pensé que estuviera viendo a un hombre enfermo.

Pensé que estaba viendo a Bobby.

Al mismo tipo que durante décadas consiguió convertir su propia existencia en una mezcla improbable de supervivencia, excesos, desapariciones, regresos y riffs. El hombre que alguna vez estuvo enterrado en un sótano y que, contra cualquier pronóstico razonable, consiguió volver a ponerse frente a un escenario.

Esa noche, sin embargo, el problema no iba a ser Bobby. El problema iba a ser todo lo demás. Y quizá por eso terminaríamos sintiéndonos un poco como él. Y después, como Sean “Pellet” Pelletier.

Pero vayamos por partes. Porque para llegar al abismo primero había que entrar a Infernum.

En las entrañas del centro histórico potosino, Infernum había vuelto de entre los muertos para recibir a Pentagram. Eso, por sí sólo, ya parecía una buena señal. El lugar había cerrado por diversas razones y, de pronto, las puertas que alguna vez alojaron el ruido local volvieron a abrirse para una banda que lleva más de medio siglo haciendo exactamente lo mismo: desaparecer, regresar y obligarnos a preguntarnos si realmente alguna vez se fue. El problema era que Infernum había vuelto más compacto.

Afuera todavía había gente esperando entrar aunque el sold out ya estaba consumado. En el interior, los que habíamos conseguido llegar temprano comenzábamos a entender que estar dentro no significaba necesariamente ver el concierto. Había zonas desde las que el escenario desaparecía por completo detrás de una muralla infranqueable de cabezas y hombros; bajar a la barra a buscar una bebida significaba aceptar la derrota y perder cualquier posibilidad de recuperar un lugar decente. Todavía no sabíamos que aquello iba a ser una metáfora bastante precisa de lo que sucedería durante las siguientes horas.

Aun así, la primera parte de la noche mantuvo la ilusión de un engranaje perfecto. ROT abrió con un death metal potosino directo y sobrio, seguido por Bardo y su sludge pesado, denso, marcando el terreno. Ambas bandas fueron puntuales, tocaron en el tiempo establecido sin dramas ni rodeos, logrando esa extraña hazaña de cumplir con el horario mientras la banda principal se retrasaba detrás del telón. Pasaron diez, quince, veinte minutos de prueba de sonido. Para cuando la expectativa rozaba la impaciencia, los músicos tomaron sus posiciones.

Cuando Bobby Liebling finalmente apareció frente al escenario, el tanque de oxígeno ya formaba parte de la imagen. No era un accesorio ni una anécdota para contar después: estaba ahí, tras bambalinas, conectado a la presencia de un hombre que ha pasado buena parte de su vida entrando y saliendo de lugares demasiado oscuros como para pensar que volveríamos a verlo sobre un escenario. Y, sin embargo, ahí estaba. Bobby. Frente a nosotros, dispuesto a cantar, a vivir de nuevo. Arrancaron con "Live Again", y con ese arranque pareció activarse un reloj narrativo irrepetible.

La música avanzaba firme, arrastrándonos a todos con la solidez de Tony Reed en la guitarra, Scooter Haslip en el bajo y Henry Vazquez en la batería. La maquinaria de Pentagram en pleno aire, pero al mismo tiempo el espacio dentro de Infernum se volvía cada vez más sofocante e incómodo. Temas clásicos sonaron en medio de una marea de calor donde apenas teníamos aire para respirar. La banda peleaba contra la acústica y el encierro, cumpliendo con el repertorio que venían puliendo a lo largo de su gira latinoamericana de despedida.

Entonces llegó la interrupción. Entre canción y canción, Bobby soltó la advertencia hacia el micrófono: "La policía está afuera".

En segundos, la atención colectiva se fracturó. La música dejó de ser el centro por un instante y la mirada de todos comenzó a desviarse hacia los accesos. ¿Qué estaba pasando? No era exactamente la policía, sino inspectores municipales que habían llegado a clausurar o suspender el evento. Las versiones comenzaron a cruzarse de inmediato: quejas por ruido, vecinos inconformes, señalamientos de que el show terminaría fuera de norma, aunque no eran ni las once de la noche y la zona no destaca precisamente por ser un vecindario residencial en calma. La incertidumbre se apoderó del recinto. Las luces se encendieron antes de tiempo y el espectáculo se detuvo de golpe.

La banda apenas pudo despedirse.

Habrían transcurrido unos treinta minutos de Pentagram en el escenario. En el papel nos faltaban clásicos indispensables, pero la realidad nos estaba echando a la calle. La salida fue una mezcla densa de voces: gente molesta por el corte intempestivo, fans molestos con la organización o el lugar, otros que se quedaron afuera a pesar de haberse agotados los boletos, o aquellos que bajaron un segundo y no pudieron regresar,; y algunos más que, pese a todo, se limitaban a encogerse de hombros y lanzar un genuino "aguante Bobby". Habíamos perdido más de la mitad del show y la sensación general se condensaba en una sola idea: nos habíamos quedado con ganas de más.

Había visto esa película demasiadas veces como para no pensar en ella ahora. Last Days Here. La historia de Bobby Liebling atrapado durante años en un sótano, mientras un fan llamado Sean “Pellet” Pelletier intentaba convencerlo de que todavía había una vida afuera. Aquella noche, sin saberlo, nosotros estábamos representando una versión mucho más absurda de la misma historia.

Durante unos minutos habíamos sido Bobby. Habíamos conseguido salir de algún lugar oscuro para estar frente a una multitud. Habíamos vuelto a vivir.

Después las luces se encendieron. La gente comenzó a salir. Y entonces entendí que en realidad nunca habíamos sido el mítico frontman convertido en meme viral. Éramos Pellet. El fan que había llegado hasta ahí esperando que su ídolo pudiera continuar. El fan que no quería que aquello terminara. El fan que intentaba salvar una noche que se desmoronaba en la puerta y que todavía estaba esperando otra canción.

Pero ya no había otra canción. Mientras nos dispersábamos por la calle, con el ruido de la ciudad borrando los últimos ecos de la guitarra, quedó claro que habíamos sido testigos de algo histórico, sí, pero irremediablemente incompleto.

Agradecimientos especiales a Zero Prods por las facilidades otorgadas.

Este es el setlist del concierto (si no nos hubiera sacado la ley), escúchalo aquí

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