Crónica cainiana | El culto de Ancient
Marzo 28, 2026
Una noche agreste cobijaba a la ciudad. Llegué al Búnker 57 con la certeza de que algo olía a podrido en San Luis Potosí. No era la cerveza rancia que se colaba en el suelo ni el humo de cigarros baratos impregnado en las paredes de concreto.
Éramos un puñado de inadaptados esperando la entrada al recinto y no fue sino hasta las 10 de la noche cuando cruzamos la puerta.
Pocas almas desperdigadas en un espacio que podría albergar seiscientas, pero suficientes para crear caos a lo grande. No era justo para el tamaño de banda que nos visitaba. Treinta años de “The Cainian Chronicle” celebrándose en una caverna vacua mientras los “verdaderos” creyentes del black metal probablemente estaban en casa. Deberíamos ser miles.
Pero ahí estábamos, entre las llamas del Hades; y, sin embargo, no nos quemaban. Respiramos aquellos vapores sulfurosos en espera de Ancient, y así alcanzar el plano astral.
Ancient es una anomalía geológica en el mapa del black metal noruego. Sobrevivientes de la segunda ola sin quemarse en el altar del purismo, evolucionaron del crudo “Svartalvheim” a la sofisticación oscura de “The Cainian Chronicle”, aquella épica vampírica y atmosférica, con capas de guitarras melódicas, coros fantasmales y una producción que sonaba a catedral en ruinas bajo la luna nórdica.
Aphazel y compañía apostaron por la teatralidad y la ambición musical, ganándose tanto devoción como desprecio en una escena que confundía autenticidad con estancamiento. Y en el centro de ese huracán, Kaiaphas, el vocalista que no cantaba, sino que poseía el micrófono como un médium invocando a entidades que preferirías no conocer. Su gruñido gutural con ecos de profeta maldito, definió la era más influyente de la banda, y su regreso tres décadas después no es nostalgia barata sino el refrendo de su propuesta musical.
Godbelow abrió la noche. Post-black metal desde León, Guanajuato. Técnicos, precisos, sonando como si hubieran ensayado en un búnker real. Tocaron para una hueste de fantasmas, y la energía se disipaba como humo en el desierto. Aun así, su ejecución fue sólida, implacable.
Luego llegó Phendrana, desde la Ciudad de México. Post-black atmosférico, progresivo, ambicioso. El proyecto de Anuar Salum prometía mucho en vivo, escoltado por Alonso Huerta y Rubén Gallegos. Pero el audio decidió lo contrario.
Fue un desastre sónico. Un par de canciones bastaron antes de que abandonaran el escenario. Hubo reclamos a la consola, frustración visible. Recogieron su merch y estuvieron a punto de irse. Alguien los convenció de quedarse. Al menos quedó el intercambio de discos, playeras, palabras. Habrá que esperar su revancha.
Pero estábamos aquí por Ancient. Por Kaiaphas y Aphazel juntos. Por el fantasma de 1996 materializándose en suelo potosino.
Cuando subieron al escenario, los pocos que éramos parecimos muchos más. La locura nos poseyó. Aphazel, con su corona de espinas, y Kaiaphas, con maquillaje de guerra, imponían presencia desde el primer instante. No había exceso, había autoridad.
Arrancaron con ‘Ponderous Moonlighting’, seguidas de ‘The Curse’ y ‘Disciplines of Caine’, como martillazos bien dirigidos. Kaiaphas se movía como un poseído, en diálogo constante con Aphazel. Una danza de veteranos que han visto caer imperios y siguen en pie.
El punto de quiebre llegó con ‘Song of Kaiaphas’. Sí, era evidente. Pero escucharla en la voz del propio Kaiaphas, treinta años después, mientras afuera la vida seguía indiferente, fue otra cosa. No había pose ahí.
‘At the Infernal Portal’, ‘Prophecy of Gehenna’, ‘The Pagan Cycle’… cada tema funcionaba como cápsula del tiempo, pero sin sonar añejo. El black metal de Ancient nunca fue velocidad por sí misma, sino atmósfera: construir templos sonoros para deidades olvidadas.
Con ‘Homage to Pan’ y ‘Lilith's Embrace’, la precisión se volvió ritual. Las guitarras tejían melodías que rozaban lo melancólico, mientras la base rítmica sostenía un pulso oscuro y constante.
‘Trumps of an Archangel’ y ‘Call of the Absu Deep’ canalizaron la rabia contenida. Los presentes nos movíamos con esa conciencia extraña. Sabíamos que esto no se repetiría igual.
Cerraron con ‘Eerily Howling Winds’ y ‘13 Candles’, su homenaje a Bathory.
Al terminar, no hubo fuga. Los músicos se quedaron. Firmaron boletos arrugados, discos, vinilos traídos de quién sabe dónde. Se tomaron fotos con todos.
Mientras esperaba mi turno, entendí algo: la asistencia no importaba.
El verdadero triunfo de la noche no ocurrió bajo las luces moradas del Búnker 57, sino en los intersticios. En el roce de codos en el mosh, en la fila de la zona de merch, en ese silencio incómodo que sólo rompe quien reconoce el mismo código.
Me pasó con Toby. Sin decir nada, señaló mi playera de Cirith Ungol con la precisión de quien identifica algo antiguo y valioso. No hizo falta presentación. Aquí la indumentaria habla. Bastaron unas frases para entrar en terreno común: las bandas de culto, las que el algoritmo entierra, pero que cargan un peso imposible de ignorar.
Hablamos de eso: de cómo lo esencial suele esconderse en los márgenes. De cómo la importancia real no se mide en streams, sino en la huella que deja un riff cuando te encuentra en el momento correcto.
Más tarde, en el improvisado meet & greet, otro desconocido soltó una confesión sin rodeos: pasa horas manejando por carreteras del altiplano, y su única forma de mantenerse en pie es el metal más crudo. No lo escucha por pose ni por rebeldía. Lo escucha porque le gusta.
Ahí quedó claro: el metal no es consumo, es mecanismo. Es estructura para quienes no encajan en el optimismo prefabricado.
Lo que nos une no es la nostalgia ni la estética. Es el reconocimiento de una fractura compartida.
Ancient convocó, pero lo que ocurrió fue otra cosa. Entre firmas rápidas y fotos saturadas de flash, se confirmó que la escena vive en estos encuentros mínimos: en los parches gastados, en las conversaciones laterales, en lo que ocurre fuera del escenario.
Apoyar esto no es romanticismo. Es resistencia. No necesitamos multitudes. Nos necesitamos a nosotros.
Ancient sigue.
Nosotros también.
Agradecimientos especiales a José Luis Sandoval y a Morbid Visions Prods. por todas las facilidades otorgadas.