Esta crónica no te corresponde
Enero 17, 2026
De niño me gustaban las luchas. Siempre que me podían comprar algo del puesto de revistas, escogía las revistas sobre lucha libre. No me perdía las transmisiones por televisión narradas por “El Rudo” Rivera. Aún tengo la colección completa de luchadores de Triple A (¿o se escribe AAA?) que salieron al mercado antes del cambio de milenio, aquellos monigotes inertes de sus más grandes estrellas hechas juguete, marca Kelian. Y ni hablemos de las películas que protagonizaban El Santo y Blue Demon.
Para mí, la mejor época fue la noventera, la que me tocó, donde las leyendas establecidas convergían con el talento emergente y estrellas del momento. Además de la globalización del deporte con la presencia de la otrora WWF desde el gabacho, en forma de DVD pirata. Debo aceptar que el fin de la New Generation a las cancelables y brutales Attitude Era y Ruthless Aggression, pusieron su granito de arena por mi gusto al metal. Nada más escuchen los riffs de entrada de Steve Frío como Lápida Austin, o el tema de Mötorhead para Triple Hache).
Y aun así, nunca fui a una función de lucha libre. Me desconecté a inicios de los dos miles y así hasta la pandemia. Siento que los gringos se enfocan en la nostalgia y en revivir actos que no tienen mucho sentido. Ser políticamente correctos con el afán de vender más, les afectó. No me malinterpreten, no soy fan de que Mr. McMahon desnude mujeres en el ring (¿alguien recuerda a Edge y a Lita “teniendo sexo” frente a todos?); lo que a mí me gustaba era la sangre y el castigo a que eran sometidos los luchadores. Llámame sadista.
Pero aquí en México seguía la tradición: aquel perfecto balance entre habilidad, técnica y comicidad que caracteriza a la verdadera lucha libre profesional. Alguien que entendía bien los dos conceptos (la lucha mexicana y el pro-wrestling) es Alberto del Río, El Patrón, el más grande de todos los tiempos. Su paso por WWE dejó huella, y regresaba a presentarse en una función especial en su natal San Luis Potosí.
Además, este es el primer evento formal de Sierra Centro Producciones y Medussa Entertainment, artífices de los que será el San Luis Metal Fest a mediados de mayo. En un país donde la reputación es todo y donde los consumidores saben exigir sus derechos, fallar en un evento es crucial para proyectos venideros.
El Palenque de la Feria Nacional Potosina ardía antes de que sonara la primera campana. 10 de enero, sábado invernal y áspero. El frío no impidió que el público acudiera puntual, a diferencia mía, que llegué tarde. No pude ver al talento local. Primera similitud a un concierto de metal. Apoyen a la escena.
Pero pude ver al payasito Pollo Bollo, haciendo dinámicas para chicos y grandes, donde el ganador se llevaba un premio a casa. Nada como humillarse en público y salir triunfador, humillando a su vez al otro por haberlo derrotado. Yo hubiera sido el primero en participar, pero al ver que el segundo lugar en la dinámica de sentadillas ya no pudo ponerse de pie por el cansancio y falta de ejercicio, desistí.
A continuación describiré las luchas que se desarrollaron durante la noche, y a usted, bella dama, distinguido caballero, que lee estas líneas, le ofrezco una disculpa si hay un error en la identidad de los atletas que participaron. No presté atención al presentador, y mucho menos a la pantalla enorme que colgaba encima del cuadrilátero. Descuido o culpa de la desconexión antes referida, da igual. El peor periodista de mundo, me dicen.
Faby Apache, Raptor y Octagoncito se midieron a la experiencia de Ayako Hamada, Argenis y Rey Espectrito. Técnica, vuelos, precisión. El calentamiento perfecto para una noche que no pensaba bajar las revoluciones. Los técnicos vencieron a los rudos y al referi que notoriamente siempre benefició a los perdedores.
Carta Brava y Mocho Cota Jr. contra Mamba y la Diva Salvaje, fue ese choque de universos que sólo la lucha mexicana puede ofrecer sin pedir disculpas. Glamour contra rudeza, provocación contra fuerza. El público respondió como siempre responde cuando se siente representado: con ruido, risas, enojo y complicidad. Y aquí se ve que está bien ser diferente. El luchador exótico es como Juan Gabriel, ante su presencia el mexicano se olvida de sus prejuicios. Triunfo total de estos sobre los machitos opresores.
La lucha semifinal funcionó como una muestra de lo que el cuerpo humano puede llegar a ser sometido. Dios del Inframundo y Ciclón Ramírez Jr. trajeron misticismo y herencia; Emperador Azteca y La Verdadera Muerte, presencia y técnica afilada. Fue un acto que recordó que la lucha libre es un relato donde la máscara pesa tanto como el físico. Y sí, aquí viene lo de la disculpa, porque cada bando (donde de nuevo ganaron los técnicos) tenía un integrante más, cuyos nombres no recuerdo. ¡Qué basura, así no se puede! Es más, ya no lea. ¡A la chingada!
Bien, siguen aquí.
La lucha estelar fue un choque frontal de eras, una guerra de nombres que no necesitan presentación. El Patrón, Dr. Wagner Jr. y el Hijo de Dos Caras formaron una tercia que olía a vestidor viejo, a linaje, a respeto ganado a golpes y caídas. Enfrente, un equipo diseñado para romper romanticismos: Texano Jr., DMT Azul y el Hijo de Fishman. No era sólo rudos contra técnicos, era la fricción entre el legado y la violencia contemporánea. Cada llave parecía una discusión histórica, cada castigo un recordatorio de que aquí nadie viene a cumplir horario.
¿Quién se llevó la noche? Aquí mi top.
Como mención honorífica, El Patrón tiene un carisma increíble, potenciado por los otros cinco personajes que lo acompañaban. Dieron una gran lucha llena de emoción y sin freno alguno.
En tercer lugar, el pito chico sentado como espectador en las primeras filas que no dejaba de molestar, hasta que Alberto del Río y compañía lo pusieron en su lugar. Desconozco si el mote salió por estar encerrado con el guerrero dragón, Alfredo Adame, en el reality La Granja VIP, pero quedó como anillo al dedo. Su pareja confirmó la escasa longitud de su miembro viril y no me imagino lo que debió sentir cuando así lo gritó todo un palenque en repetidas ocasiones.
El segundo puesto es para el referí. Participó en todos los encuentros, donde fue golpeado, torturado, abusado y besado. Y siempre se vio entero. Héroe.
Y como primerísimo lugar, la gente que pagó por una entrada. El público no miraba: participaba. Gritaba nombres como si invocara dioses antiguos. Abucheaba con la misma pasión con la que aplaudía. El Palenque vibraba, literalmente, como si los cimientos no estuvieran del todo convencidos de aguantar tanto peso simbólico. Ahí todo era mentadas de madre y vítores a sus luchadores favoritos. Al lado mío estaba un niño, no mayor de diez años, que les pintaba dedo cada vez que podía. Yo pude haber sido ese niño en mis tiempos.
Al final podías tomarte foto o pedirle un autógrafo a tu luchador favorito (algunos por una módica cantidad). Incluso comprar una máscara profesional original. Durante varios puntos de la velada, me la pasé platicando con Dos Caras, el papá de Alberto del Río. El Hércules Potosino fue muy amable, y estuve a nada de comprarle una máscara. Me detuve porque salí de casa con el pretexto de comprar leche y pañales.
Saliendo, el frío y viento pegaron más duro. No me quedé con las ganas y me hice de dos máscaras (de las chafitas) y un Kemonito de peluche (chafita también) que combina bien con la leche y pañales que apenas iba a comprar en la farmacia.
El evento se vendió como “San Luis en llamas” y considero que no fue un título exagerado. Fue una declaración donde la lucha libre volvió a ocupar su lugar como espectáculo total, como catarsis popular. Fui por curiosidad, por nostalgia mal entendida, por cumplirle un capricho al niño que fui. Salí con máscaras baratas, un peluche ridículo y la certeza de que algunas pasiones no se oxidan, sólo esperan el momento correcto para volver a encender.
Agradecimientos especiales a Sierra Centro Producciones y Medussa Entertainment, así como a Linux Neo (VisorDigital), por las facilidades otorgadas
Fotos y video por HugoEmeCe